Evangelio según san Mateo (26,36-56)

san Mateo

Introducción

El Huerto de Getsemaní, el «Molino de aceite», es citado por Mateo y Marcos como el lugar en el que comenzó verdaderamente el drama de la pasión de Jesús. La debilidad humana de aquel momento de tristeza y angustia queda sintetizada en la oración de Jesús, que por tres veces pide al Padre «que pase el cáliz», una expresión bíblica que indica la terrible suerte que Dios reservaba a sus adversarios.
A los discípulos dormidos, Jesús les recuerda la necesidad de orar para «no caer en tentación». También en la oración del Padrenuestro había introducido Jesús este contenido: pedir a Dios Padre que no deje abandonados a sus hijos en el momento de la tentación, sino que les de fuerzas para superarla.
Mateo narra el saludo de Judas acompañado por un beso: era una costumbre habitual de cortesía entre los pueblos orientales e denotaba una estrecha relación de amistad. A esta amistad no renuncia Jesús, llamando ‘amigo’ al propio Judas.
Por otra parte, Mateo dedica un amplio espacio a la reacción de Jesús contra uno de los discípulos que, espada en mano, cortó una oreja al criado del sumo sacerdote. Jesús condena la acción ofreciendo dos argumentos: por un lado, la exaltación de la no violencia y del perdón; por otro, la certeza de que su arresto formaba parte del designio que Dios había trazado e inspirado en las Escrituras de los profetas.

Texto

36 Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar». 37 Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. 38 Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo». 39 Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». 40 Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? 41 Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». 42 De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». 43 Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. 44 Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. 45 Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo: «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. 46 ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
47 Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. 48 El traidor les había dado esta contraseña: «Al que yo bese, ese es: prendedlo». 49 Después se acercó a Jesús y le dijo: «¡Salve, Maestro!». Y lo besó. 50 Pero Jesús le contestó: «Amigo, ¿a qué vienes?». Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. 51 Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote. 52 Jesús le dijo: «Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán. 53 ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. 54 ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?». 55 Entonces dijo Jesús a la gente: «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. 56 Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas». En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

(Sagrada Biblia. Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, 2010).