La basílica de Getsemaní

El amplio espacio, interrumpido solamente por dos filas de seis columnas rosadas que sostienen las doce bóvedas rebajadas, reproduce, con dimensiones más amplias, la iglesia teodosiana de planta basilical con tres naves coronadas por ábsides semicirculares.

Según el proyecto de Barluzzi, todos los elementos debían contribuir a evocar el ambiente nocturno de aquel jueves de Pascua, cuando, entre el ramaje de los olivos y a la luz de la luna llena, Jesús experimentó la agonía y el abandono en la voluntad del Padre.

Para el interior, el arquitecto concibió la iluminación como el elemento característico: los grandes ventanales de las paredes laterales, con vidrios opalescentes de colores violáceos, crean una sombría penumbra que contrasta fuertemente con la blanca luminosidad exterior. La luz, filtrada por los orificios geométricos en toda la gama del violeta, entra al templo dibujando el signo de la cruz.

Esta ambientación nocturna creada en el interior de la basílica se intensifica con la decoración de los mosaicos de las doce bóvedas, en las que, sobre un fondo azul oscuro, brilla un cielo estrellado enmarcado en ramas de olivo. En el centro de cada una de las bóvedas están representados diversos motivos que aluden a la pasión y muerte de Jesús y el escudo de la Custodia de Tierra Santa. En recuerdo de las naciones que contribuyeron a la realización de la Basílica, se reproducen sus escudos y banderas en las cúpulas y en los mosaicos del ábside. Comenzado por el ábside de la nave izquierda, figuran Argentina, Brasil, Chile y México; en la nave central: Italia, Francia, España e Inglaterra; en la nave derecha: Bélgica, Canadá, Alemania y Estados Unidos. En razón de esta colaboración internacional, la iglesia se denomina también «Basílica de las Naciones».

Para la decoración del suelo, el arquitecto tuvo el innovador acierto de reproducir los mosaicos y la planta de la antigua basílica teodosiana, sobre la que se alza la actual basílica. Las bandas de piedra gris siguen el perímetro de los muros de la iglesia bizantina y van acompañadas por una línea de mármol blanco y negro en zigzag, que indica la posición de los canales de drenaje del agua de lluvia que era conducida hasta la cisterna. Por su parte, el artista Pedro D’Achiardi, tomando como modelo los fragmentos de mosaico encontrados en las excavaciones, reconstruyó el diseño de los motivos geométricos de los mosaicos del siglo IV: recorriendo la basílica se van encontrando pequeñas ventanas de cristal que permiten observar las teselas del mosaico original.

Mientras que, en las naves laterales, la fiel reproducción del mosaico antiguo muestra recuadros con diseños geométricos, ribeteados por marcos de cintas entrelazadas, para la nave central se prefirió un diseño original, aunque con los mismos colores de las teselas que formaban el antiguo mosaico. El nuevo mosaico se basa en motivos tradicionales del arte bizantino del siglo IV: una orla de volutas de hojas de acanto con flores y aves sobre un fondo negro enmarca el sobrio panel central, que representa, dentro de una trenza, una cruz patada redondeada, cuyo centro muestra el llamado monograma constantiniano, compuesto por las dos primeras letras de XPISTOS (“Cristo”, en griego: X y P, “ji” y “ro”), que era ya usado por los primeros cristianos.

Al entrar a la basílica, la mirada se eleva directamente hacia la escena de la agonía de Jesús, representada en el ábside central. La composición, ideada por el maestro Pedro D’Achiardi, es deliberadamente sencilla y con formas estilizadas, a fin de ayudar al observador a identificarse con la humanidad de Jesús, con la tristeza del Hombre-Dios que elige libremente someterse a la voluntad del Padre.

En el centro aparece Jesús, postrado sobre la roca, que le sirve de apoyo, en el marco nocturno del huerto de los olivos. Los tres apóstoles, que se quedaron dormidos «por la tristeza» (Lc 22,45), se dejan ver un poco más lejos, tras los árboles. La oscura bóveda celeste acentúa la ambientación nocturna, en la que resplandece desde lo alto un ángel que baja para confortar a Cristo. El Comisariado Húngaro sufragó los gastos para la realización del mosaico; por ello aparece su enseña nacional en la base del mosaico, junto al escudo de la Custodia de Tierra Santa. La escena representada corresponde a la narración del evangelista Lucas, de donde proceden los versículos en latín más densos de sentido: «Y se le apareció un ángel del cielo, que lo confortaba. En medio de su angustia, oraba con más intensidad. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre» (Lc 22, 43-44).

Los mosaicos de los dos ábsides laterales son obra de Mario Barberis. A pesar de la diversidad artística y de composición de estos dos mosaicos con respecto al central, la utilización de la misma gama cromática y la idéntica ambientación nocturna en el escenario del huerto de los olivos confieren a todo el conjunto una ajustada uniformidad.

En el ábside de la nave izquierda está representado el beso con el que Judas traicionó a Jesús, como signo acordado con los guardias y los sumos sacerdotes para identificarlo. La traición, narrada por los cuatro evangelistas, está representada con un Jesús abrazado por Judas en el centro, los apóstoles coronados con aureola a la izquierda y los guardias que se alumbran con una antorcha a la derecha (Mt 26,49; Mc 14,45; Lc 22,47; Jn 18,3). La enseña de Irlanda, que sufragó los gastos de la obra, figura en la parte inferior derecha.

El eje de la basílica es, sin duda, la desnuda roca expuesta a la veneración, práctica que, como en todos los santos lugares, entronca con la continuidad de las antiguas costumbres. La devoción antigua estaba asociada a las llamadas «Rocas de los Apóstoles», meta de los peregrinos antes de la construcción de la basílica moderna. Por lo demás, las excavaciones han confirmado que la veneración de la roca desnuda también se practicaba en el interior de las iglesias cruzada y bizantina, de forma que los fieles podían tocar aquella misma piedra, testigo del sudor de sangre y de los sufrimientos de Jesucristo.

También hoy los peregrinos pueden tocar y venerar la roca en el presbiterio, a los pies del altar, dentro de una balaustrada que imita el estilo paleocristiano y que separa el presbiterio de la nave central. La roca actual, que tras casi un siglo de devoción ya empieza a mostrar signos de la veneración de los peregrinos, está cercada por una corona de espinas entrelazadas, realizada en hierro forjado y plata, con una altura de treinta centímetros y ligeramente inclinada hacia la roca. Es obra del artista Alberto Gerardi y está coronada por dos palomas moribundas de plata que decoran las esquinas y por tres cálices de los que beben dos palomas, uno en cada lado del recinto: todos los símbolos aluden a la pasión de Cristo y su martirio.

En los ábsides se conserva la roca natural, en la que se puede apreciar todavía el antiguo cincelado. Sobre esa roca apoyan los muros de la basílica. Estas rocas fueron esculpidas para poder construir la basílica bizantina y siempre fueron veneradas como parte de las «Rocas de los Apóstoles», todavía visibles en la parte posterior de la iglesia; allí situaba la antigua tradición el lugar en el que los tres apóstoles elegidos por Jesús como testigos de su agonía habían venido otras veces a velar en oración. Quedan in situ los únicos restos de la basílica teodosiana: una piedra en el ábside derecho y dos en el izquierdo, con vestigios del antiguo canal de drenaje para el agua de lluvia.

Basílica de las Naciones

La roca de la Agonía de Jesús